Fanzine Independiente de La Palma

Arquitectura Imitada

Antonio Rocha Quintero

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Mientras estudiaba en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Las Palmas de Gran Canaria, me preguntaba que sentiría cuando fuera arquitecto, que cosas haría y como las haría. Analizaba los espacios urbanos por dónde caminaba con amigos, que no entendían muy bien mis preocupaciones por la componente espacial de las calles, creada por las nuevas edificaciones que aparecían como de la nada, desgastando solares y espacios vacíos. Cada vez que regresaba a la Palma, algo era distinto, los espacios de luz que se colaban entre las medianeras olvidadas de dos edificios desaparecían para convertirse en parte de la sombra, que devoraba insaciablemente las calles.

Bien sabemos que en estos últimos años el sector inmobiliario ha crecido de forma desorbitada, produciendo daños severos y en muchos casos irreparables para el paisaje urbano de nuestros municipios. La ciudad se crea con la arquitectura y no con la construcción de edificios banales y sin preocupación alguna sobre la imagen que ofrecen a nuestras calles. Existen también, edificios satisfechos de ser quienes son, de formar parte del escenario urbano y haber resistido perfectamente el paso del tiempo, edificios alegres y orgullosos simplemente porque alguien les preguntó en su momento que querían, como querían y para que querían ser. Me refiero a edificios de los años sesenta y setenta, racionalistas y modernistas, obras de arquitectos de la talla de Rubens Henríquez Hernández. , joyas arquitectónicas que permiten pensar que algún día, alguien volverá a preocuparse por el aspecto que ofrecen las edificaciones a nuestras ciudades. Resolver un edificio en una esquina, significaba resolver la esquina, crear un punto de inflexión visual, una perspectiva distinta, un nuevo escenario. En su mayoría todos ellos, además de resolver las necesidades de uso que previamente se les exigía, daban respuesta espacial al lugar que ocupaban, actuando como elementos arquitectónicos renovadores del espacio urbano. La arquitectura nace para un lugar, tiene que dialogar con él, adaptarse a sus condiciones físicas y no fatigarlo. Un buen proyecto debe agotar el marco normativo, respetar el marco presupuestario establecido por el promotor y cumplir, y mejorar si cabe, el marco programático esperado, ofreciendo además “un algo más”, para el promotor, el propietario y para la ciudad.

Estamos construyendo escenarios urbanos “de cartón piedra”, en muchos casos, haciendo arquitectura de mentiras, arquitectura que imita a otra que no sabemos bien cual es o si realmente es arquitectura. No existe un estilo que nos aseguré que lo estamos haciendo bien, ni falta que hace. La mayoría de edificios contemporáneos están plagados de elementos decorativos antagónicos, elementos que niegan un proceso constructivo correcto. Existe un amor por el pasado que produce un peso aplastante y dañino a nuestra arquitectura. Utilizamos elementos constructivos de la arquitectura tradicional de forma incorrecta, dañando la imagen de la arquitectura tradicional canaria con tanta imitación ridícula que no se cree nadie. Me refiero a cubiertas inclinadas sobre forjados planos, estas actuaciones kamikazes, aniquilan el valor espacial de la cubierta inclinada con la estructura de madera vista en su interior. Las gruesas paredes de piedra y barro son ahora simples imitaciones con materiales falsos, apareciendo aplacados sin interés alguno, con torpes soluciones en las esquinas que acaban descamándose con el paso del tiempo como si de un reptil se tratase, negando así el esfuerzo estructural para el que fueron diseñados. Elementos de carpintería que imitan, o mejor dicho, burlan el esfuerzo con el que se solucionaban puertas y ventanas exquisitas, solucionadas ahora con aluminios de mentira, aluminios lacados y no anodizados, que con un simple arañazo se delatan de quienes son en realidad. Tenemos una imagen de arquitectura tradicional mal traducida a nuestros tiempos. Todos los elementos constructivos de la arquitectura tradicional canaria tienen un porqué lógico y técnico y no eran utilizados como meros elementos decorativos, obteniendo edificaciones serias y respetables, posibles de ser salvaguardadas y protegidas en la actualidad para formar parte de nuestro patrimonio histórico. Hoy, los técnicos encargados de nuestro planeamiento tienen la todavía fácil tarea de seleccionar edificios emblemáticos y de interés cultural para inscribirlos en los catálogos municipales, pero ¿que edificios contemporáneos protegeremos dentro de 20 años? Aquí la cosa se pone más difícil porque antes que nada deben ser de verdad, porque no podemos proteger mentiras arquitectónicas.

Por otra parte, creo que los arquitectos debemos ser educadores, debemos aportar soluciones correctas y estudiadas a los distintos problemas, tanto normativos, técnicos, programáticos, espaciales y económicos. La sociedad por medio de las universidades han puesto en nuestras manos la responsabilidad de hacer arquitectura, de hacer ciudad y muchas veces creo que esta labor no la estamos cumpliendo adecuadamente. No nos podemos conformar con exigirle a un arquitecto que no se caiga el edificio, que podamos entrar y salir, que no haga frío o calor en su interior, que aísle adecuadamente el ruido, que no se moje y aparezcan humedades, que la administración nos conceda la cédula de habitabilidad. Esto se supone que cualquier arquitecto tiene que saber hacerlo perfectamente, pero además de esto, el arquitecto tiene que aportar y ofrecer “algo más”. Ese “algo más”, es lo que nos hace sentir cuando entramos en un espacio, lo que nos hace recordarlo, lo que nos hace admirarlo y odiarlo. Los arquitectos creamos espacios capaces de producir emoción. Tenemos que pasar de construir formas a aplicar inteligencia arquitectónica a lo que construimos porque la arquitectura no debe olvidar jamás su valor cultural. Ante todo, el arquitecto jamás puede perder su dignidad, hay cosas que no podemos hacer ni proyectar aunque quien nos pague nos lo exija. La diferencia entre el cliente y nosotros es que supuestamente los arquitectos sabemos lo que está bien y por eso se nos paga, para garantizar calidad, belleza y dignidad a lo que construimos. El arquitecto tiene que saber decir “NO”, porque en muchas ocasiones lo mejor que podemos hacer por nuestros municipios y nuestra sociedad es aquello que no hacemos.

Tenemos que construir las infraestructuras y edificaciones primarias y necesarias para permitir nuestro desarrollo. A todos nos gustaría transformar lo menos posible nuestro territorio, pero tenemos que ser capaces de trabajar en armonía con el medio ambiente, adaptándonos y apostando por la capacidad de los mejores profesionales. Las administraciones tienen que trabajar en esta línea, utilizando el método de los concursos abiertos para seleccionar las mejores intervenciones, buscando nuevos sistemas, fórmulas, diseños y técnicas arquitectónicas que nos garanticen la armonía con nuestro entorno.

Debemos encontrar el coraje necesario para afrontar este cambio, los arquitectos junto con las administraciones tenemos que caminar con firmeza, tomando decisiones severas sobre las nuevas transformaciones urbanas. Existen en Canarias arquitectos contemporáneos trabajando en esta línea y produciendo buena arquitectura, como Manuel J. Feo Ojeda, AmP arquitectos, Fernando Martín Ménis, GPY arquitectos, Pedro Romera y Ángela Ruiz, etc... ; así como una joven generación de arquitectos, con muchísimas ganas de hacer arquitectura, con gran capacidad y preparación para conseguir que en los próximos años, en Canarias exista una arquitectura contemporánea excelente.

“En vez de intentar solucionar los nuevos problemas con viejas formas, debemos desarrollar las nuevas formas a partir de la naturaleza real de los nuevos problemas” (Mies Van der Rohe, 1922)