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El Estado Insular de Atletismo de Tenerife, de reciente inauguración, ganador de la XIII Edición del Premio de Arquitectura de Canarias en la modalidad “Obra nueva otros usos” y del Premio Especial del Jurado, portada del catálogo que el MOMA dedicó a los últimos hitos de la arquitectura española, ha sido publicitado por su “relevancia y calidad”, por encontrarse “directamente relacionada con el paisaje”, donde “lo natural y lo artificial buscan un equilibrio posible”. Toda una serie de adjetivos encomiables han llovido desde entonces sobre sus promotores, AMP Arquitectos, tres siglas de fácil traducción conocidas por todos: Artengo, Menis, Pastrana, que han protagonizado en las dos últimas décadas la construcción de los proyectos monumentales de Canarias. Cualidades no les faltan, sinrazones tampoco.
La consecución de los proyectos arquitectónicos necesitó siempre de un aparato de estado verticalmente integrado, contactos en los órganos de gobierno y apoyo de los sectores económicos más solventes. Hoy en día la instrumentalización del estado se ha dulcificado con una suerte de pátina institucional que en el fondo sólo esconde estrategias personalistas antidemocráticas. El fin justifica los medios, dirían los arquitectos de todos los tiempos, pero… ¿no ha alcanzado la máxima histórica niveles intolerables en la arquitectura de las islas de los últimos años? El concurso estaba ganado de antemano. Los vínculos familiares de AMP con las altas esferas del poder (Adán Martín, hermano de Fernando Menis, comandaba por aquel entonces el sector más hiperdesarrollista de la historia de las islas) han erigido al CIAT en fiel ejemplo de los despropósitos de la arquitectura de nuestro tiempo.
Los valedores del CIAT lo mencionan como uno de los emblemas estético-monumental de las islas, un edificio de vocación internacionalista en clave insularista. Primera mentira. Cuando los referentes se hacen demasiado evidentes la obra se ve despojada de ese aura única que concede la novedad. De Frank Gehry tomaron su predilección por las megaformas y estructuras orgánicas y expresionistas, aunque sin alcanzar el éxito de su resultado formal, todo aderezado con cierto toque identitario que más bien huele a tufo regionalista de mal gusto. Basta con echar un vistazo al graderío. Una bandera canaria parece hondear a la par que la carrera del atleta.
Frei Otto sobrevuela todo el edificio y nos señala con el dedo la tesis argumental del edificio. Arquitectura sostenible en su doble vertiente: economía y reutilización de los materiales, deconstrucción de la materia en sus elementos básicos: hormigón, piedra y hierro galvanizado, trilogía de una novela estructural donde la actitud formal prima por encima del orden de los cerramientos respecto a la estructura. Su promotor la elogia por sus alardes constructivos y estructurales en detrimento de otras cuestiones formalistas pero el hormigón visto, nota distintiva de AMP, usada a mansalva en el CIAT, la convierten en una arquitectura “potente” pero fría, poco comunicativa. Segunda mentira. Los arquitectos americanos de finales del XIX, que el equipo conoció muy bien en uno de sus viajes a Chicago, supieron extraer las cualidades estéticas del hormigón armado. Aquí la venustas, tercera categoría vitruviana que desde el s.I despunta en las tesis de arquitectura en perfecto equilibrio con otras categorías edificables, ha sido sacrificada en aras de una supuesto alarde estructural.
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El proyecto se ha cimentado a partir de los estudios de impacto paisajístico que tanto le gustaban a Frei Otto, reinventado a partir de una justificación icónica que evoca las formas orgánicas de un cono volcánico que originariamente cubrió la zona de Tíncer. Tercera mentira. Los estudios geológicos niegan cualquier atisbo pasado de erupción volcánica.
La reutilización de los materiales de extracción del terreno es una de las basas de la arquitectura bioclimática de las ciudades reproyectadas por el arquitecto alemán, retomada aquí por AMP. Obtendríamos así una pretendida topografía artificial de alto valor ecológico y mínimo impacto medioambiental. Cuarta mentira. La piedra de los taludes es totalmente inexistente en el antiguo suelo agrícola de Tíncer y fue traída de otros lugares de la isla.
La observación exhaustiva de los fenómenos naturales obligó a rehundir la rasante de la pista de atletismo para salvaguardar al corredor del azote de los alisios, otra de las innovaciones de Frei Otto, que nadie se preocupa de mencionar en la carta de presentación del proyecto, aplicada hace más de tres décadas en el “Estadio Olímpico de Munich”. Quinta mentira. Sus usuarios afirman que sufren la embestida de los vientos dominantes en sus horas de entrenamiento.
Asimismo, la adaptación al medio circundante califica al CIAT como garante de arquitectura parlante, que conversa en perfecto equilibrio con su entorno natural. Sexta mentira. Más bien es una pobre ventana abierta a un espectáculo desolador y por otra parte ejemplar de las viviendas de autoconstrucción que proliferan en Tenerife. La panorámica no es muy alentadora.
Otra noción de la arquitectura contemporánea aplicada a nuestro estadio: el espacio multifuncional, según el cual una modalidad de estructuras puede albergar distintas funciones. Una plaza pública corona el graderío y a su vez ventila el Centro de Alto Rendimiento inferior, a semejanza de la “Estación Central de Stuttgart 21”, que Pastrana pudo admirar poco antes y de primera mano en las maquetas del estudio de Frei Otto. Séptima mentira. Del original se deduce una salida unitaria para un binomio de difícil solución: aunar los diferentes niveles del edificio. De la copia se duda mucho que se puedan atisbar las actividades deportivas desde la cota de la plaza.
Frei Otto no olvidó nunca que el ser humano debía ser el fundamento primordial de la praxis arquitectónica, la arquitectura por y para el hombre. Le preocupaba sobremanera la vanidad del arquitecto-artista de consumar su “obra” y excluir su dimensión ética. Una octava fábula se suma a las anteriores. Ya Vitruvio lo dijo hace algunos años, la utilitas aglutina el programa de usos del edificio. El CIAT incumple las normas básicas sobre el acceso a los minusválidos, que han de sortear barreras arquitectónicas infranqueables, la higiene de los vestuarios, climatización y accesibilidad del tráfico rodado de usuarios y público a los eventos deportivos.
La arquitectura alemana de posguerra sacó de sus cenizas los instrumentos teórico-prácticos necesarios para convertirse en una potencia mundial. No es nuestro caso. Canarias no vive una actividad generadora de arquitectura que frene los daños colaterales de una contienda. Todo lo contrario, moratorias turísticas y leyes de residencia se vislumbran como maniobras válidas basadas en presupuestos ecológicos que a largo plazo frenen los males endémicos de Tenerife: la construcción descontrolada y la ocupación masiva del territorio, cuyo crecimiento ha dado forma a una megaurbe que recorre toda la isla dejando pocos espacios sin edificar. Nuevas soluciones a nuevos problemas, la actividad constructiva deberá plantearse como ensayo veraz de una arquitectura futurible, que precisa ante todo la veracidad de sus datos. El Centro Insular de Atletismo de Tenerife invita ante todo a una reflexión crítica sobre la arquitectura de actualidad en nuestras islas. La coherencia entre la teoría y la praxis arquitectónica deben invalidar los presupuestos de la posmodernidad, donde todo vale y que se han adueñado de la arquitectura.