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Cuando el personaje de Sean Penn en Mystic River (Clint Eastwood, 2003) encuentra el cadáver de su hija todo se rompe en el aire de aquel plano inolvidable gracias al talento del actor y del realizador. La contención explota y ya sabemos de la tragedia que vamos a presenciar. Algo similar ocurre en una escena de La noche es nuestra (We own the night, James Gray, 2007), película afín a la de Eastwood no sólo en su buena fotografía de tonos fríos y grises, sino sobre todo en su planteamiento de tintes trágicos sobre los escondrijos de las relaciones familiares, las culpas, los pecados y las redenciones.
La historia es sencilla y está muy bien narrada, sobre todo porque hoy en día cuesta ver una película donde en sólo dieciocho minutos ya sepamos quiénes son los personajes, de dónde vienen, dónde están y cuál va a ser su destino. Aquí ocurre, en este policíaco drama familiar de resonancias clásicas (léase tragedia griega): un tipo de vida disipada que roza el contacto con el delito (gran trabajo de Joaquin Phoenix) visita a su respetable familia de policías en el día que homenajean a su hermano. O lo que es lo mismo: la oveja negra de la familia se ve obligado a presentarse ante su exitoso y modélico hermano y su severo padre. Muy pronto se desata el conflicto, anticipado por una sentencia que el cabeza de familia (Robert Duvall) le dice a su hijo perdido: “tarde o temprano tendrás que estar con nosotros o con los narcotraficantes”.
Ésta es sólo la primera capa de una cebolla que se va pelando por la vía del progresivo involucrarse como sin querer del hijo descarriado en el entramado de la ley, movido por unos avatares externos que escapan a su control. Asistimos entonces a una muy interesante trama policial ambientada en la Nueva York de finales de los 80, cuando se libraba una dura guerra entre la policía y el narcotráfico. Todo ello sustentado sobre las brasas dolorosas de lo que ocurre por dentro de los personajes, de lo que dejan atrás y lo que les queda por pasar, de una evolución lógica contada sin prisa pero sin pausa en un muy buen guión. Así, del sentimiento de culpa del hermano díscolo y libre, pasamos por la frustración temerosa del hijo ejemplar (Mark Walhberg) y la custodia a veces injusta del padre, hasta llegar a los dramas y las pérdidas que conlleva una existencia que no parece elegida, casi impuesta, como si no se pudiera hacer nada para evitar ciertas cosas cuando la vida te supera. Ahí también crece el personaje femenino de la película (impresionante Eva Mendes, y no sólo en su carnalidad), como compañera, amante y sufridora indirecta de todo el proceso. Aquí habita la tragedia, cuando todo conduce a un sitio no querido y jamás pensado, tal vez a una emboscada bajo la lluvia impresionantemente rodada, al miedo, a la muerte y la venganza, pero también a una redención que no obvia las pérdidas, a la seguridad perenne de algunos lazos afectivos y a la sinceridad cruda que quita caretas, que saca a la luz la cercanía que hay entre dos hermanos afines en la certeza de sus respectivas debilidades, porque los buenos también tienen fantasmas. En fin, que si La noche es nuestra la hubiera firmado Scorsese todo el mundo estaría hablando de ella.