Ya no recordaba cuando fue el último día que se sintió bien, ni tan siquiera el último rato. Pero ese día no sentía, no pensaba. Era casi agradable. Abrió la terraza y aspiró una bocanada de aire fresco. Decidió sentarse en el borde. Por primera vez en años sonrió. Se puso en pie sobre el alfeizar y caminó en equilibrio, como una niña jugando. Se puso firme e hinchó el pecho. Y en décimas de segundo saltó al vacío con la misma elegancia y estilo con que solía hacerlo en su adolescencia cuando los chicos la miraban embobados en la piscina.